Thursday 22nd June 2017,

Un ensayo fotográfico retrata la realidad del aborto: Mujeres que ponen el cuerpo

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por Myrna Cappiello

Queremos sacar historias a la luz, y mostrar luchas y testimonios de mujeres que han experimentado al menos una interrupción del embarazo en su vida. Iniciamos este proyecto con la búsqueda de comprender las razones de por qué en Argentina, en el siglo XXI, este sigue siendo un tema ilegal, donde el derecho a decidir sobre el cuerpo de una misma está aún cuestionado”. La frase es de Guadalupe Gómez Verdi, Lisa Franz, y Léa Meurice, las tres jóvenes fotógrafas de distintas nacionalidades (argentina, alemana, francesa), que eligieron quedarse a vivir en Buenos Aires, y exponen en el Palais de Glace: 11 semanas, 23 horas, 59 minutos, un proyecto que nació hace un año atrás, en el Taller de Fotografía y Compromiso Social, de la Cooperativa Sub.

Muchas se atreven al desnudo, incluso contra todos los frívolos estereotipos de la moda. La cabellera negra de Liliana cae sobre sus desmesurados senos. Ella está sonriente, con el agua hasta la cintura, sumergida en medio del río. “Tuve dos sentimientos, primero desesperación, y después culpa. Sentí que no iba a poder cumplir con el mandato de la maternidad porque me había practicado un aborto. Hoy soy madre de tres hijos varones”. Tanto en democracia (1986), como en plena dictadura militar (1980), pudo practicarse dos abortos quirúrgicos en la clandestinidad. Su historia es una de las tantas que describe el ensayo fotográfico organizado por Amnistía Internacional, como parte de su campaña “Mi cuerpo, mis derechos”, que tiene como objetivo promover que el tema se mantenga en el debate público, para impulsar que se discuta en el Congreso una ley que despenalice el aborto en el país.

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Lejos de lugares comunes, las fotógrafas apelan a una manera muy distinta de abordar un tema que durante décadas viene generando polémicas y debates: “Más allá de cualquier posición política, religiosa y cultural, queremos abrazar el derecho al aborto legal creyendo profundamente en la libertad de cada individuo”. En Francia y en Alemania la emancipación de la mujer se inició hace cuatro décadas, y la interrupción del embarazo no es ilegal. Las mujeres pueden no sentirse culpables por tener que practicarlo, ni condenadas por la sociedad. “No es una decisión fácil de tomar; y más importante aún, es que tengamos acceso a la información, a una asesoría profesional, que se gratuito y que haya educación sexual integral en los colegios”, dice una de las frases de la joven fotógrafa alemana Lisa Franz.

En 40 gigantografías, que están acompañadas por los relatos de sus protagonistas, se pueden conocer las historias de vida de muchas mujeres que decidieron voluntariamente practicarse un aborto con pastillas o que se sometieron a abortos quirúrgicos, clandestinamente. Todas las situaciones que se revelan en el ensayo –que incluye un video documental– son diferentes. En las fotografías están retratadas también militantes de organizaciones feministas; varones que acompañaron la interrupción voluntaria del embarazo; parejas que se miran sin culpa ni remordimiento; grafitis; manos que muestran diversos orígenes, datos y números que estremecen.

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La muestra visibiliza la realidad y la emergencia. También que hay, aún hoy, sectores que no quieren perder espacios de poder, que se oponen violentamente al derecho a decidir de las mujeres, y pretenden que continúen las muertes por abortos clandestinos. Solo con las caras cubiertas, con capuchas y pañuelos, con camperas de aviador militar, pudieron cincuenta personas, principalmente varones, representantes de grupos religiosos y de extrema derecha, escrachar la exposición, el sábado 24 de agosto. Son los mismos que atacan a las mujeres con sus crucifijos en los Encuentros Nacionales que se realizan todos los años, siempre al grito de “asesinos hijos de puta”, o “Feministas a la hoguera”, por nombrar solo algunas de las consignas más sugerentes.

Según los datos del Ministerio de Salud, se estima que se producen entre 400.000 y 500.000 abortos por año en Argentina. Son entre 80 y 100 mujeres las que mueren por año a nivel nacional en la clandestinidad, sin mínimas condiciones de higiene y sin asistencia médica.

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En una de las fotos se ve a una mujer que lleva anteojos de sol, y una vincha sobre sus cabellos largos y ondulados, de color rubio. Ella es la activista feminista Mabel Belucci. Su rostro trasmite una extraña sensatez. “Soy de una generación con tres características: abuso sexual, aborto, y violencia conyugal”, dice la leyenda. Ella atravesó tres interrupciones voluntarias del embarazo (a los 16, a los 22 y a los 24 años).

¿Sabés por qué me hice los abortos? El Estado fue el fiolo para mí, el hambre, la falta de educación, de trabajo. Fue vivir cinco meses en Plaza Once lo que me prostituyó”. Ese es el testimonio de Sonia Sánchez, coautora del libro Ninguna mujer nace para puta, que fue explotada sexualmente durante varios años. Sus grandes ojos oscuros dejan ver una mirada que irradia un dejo de fastidio. Tuvo cinco interrupciones voluntarias de embarazo con pastillas.

Hay 80.000 ingresos por complicaciones de abortos en hospitales públicos de la República Argentina por año, y la mayoría de ellos no son hechos por médicos”. El texto está junto a la foto del Dr. Germán Cardoso –miembro del grupo médico argentino por el derecho a decidir de la mujer en situación de embarazo no deseado–, donde se ve –sugestivamente- el Congreso Nacional de fondo.

Al recorrer la sala del Palais de Glace, se pueden oír y hasta sentir, las vibraciones de las voces de esas mujeres que se animaron a romper con cualquier tabú y pusieron el cuerpo. La exposición –que se puede visitar de martes a viernes de 12 a 20 y los sábados, domingos y feriados de 10 a 20–, es una oportunidad para reflexionar sobre una realidad que atraviesa a toda la sociedad. “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”, es el lema de la Campaña Nacional que sigue impulsando la emergencia de la sanción de un proyecto de ley para legalizar el aborto, y permitir el acceso a esta práctica, de todas las mujeres en igualdad, sin distinción de condición social y sin hipocresías.

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