Revolución.zip

Por Luis Paz (*)

Como dijo Gil Scott-Heron, la revolución no será televisada.

Supongo que tampoco será ofrecida para su descarga directa en el alto guiso de internet. Básicamente, porque los estándares de formatos para archivos de computadora en que podrían venir su manual de instrucciones (.pdf), su banda de sonido (.mp3) y su activador de bases (.exe) dependen de los contenidos de un grupo de magnates a los que ninguna revolución les haría gracia, ya que les significaría una reducción en el ancho de banda de su asquerosa fortuna.

Son los propietarios de las seis estúpidamente gigantes productoras editoriales y de contenidos –Walt Disney, Time Warner, News Corp, Viacom, NBC Universal y CBS Corp– que controlan más de dos docenas de corporaciones del entretenimiento, los medios, la información, la tecnología y la investigación, que a su vez dirigen más de 50 conglomerados multimedia mundiales y sus cámaras empresarias y legales trascontinentales, los catálogos de publicaciones tipográficas, audiovisuales y fonográficas, los más grandes estudios de cine y TV, casas editoras y los sellos discográficos Warner, Universal y Sony/BMG, los cuatro que publicaron los 10 CDs y los 10 DVDs más vendidos en la Argentina durante 2010.

El funcionamiento de aquella hípercorporación es bien expuesto en el notable blog The Economic Collapse y en el indispensable documental Rip: A Remix Manifesto, del activista tecnológico Brett Gaylor, basado en el caso de Girl Talk, el proyecto musical de Gregg Gillis, que es altamente pedagógico en materia de copyleft, arte e hípermodernidad. Por cierto, Girl Talk tocó en Buenos Aires en 2010 en el marco del Hot Festival.

Y ya que hablamos de festivales y compañías, el Hot Festival reemplazó entonces en su lugar simbólico al Personal Fest, que volvió en 2011. También este año se realizaron tres fechas del ciclo Movistar Free Music. Y Claro lanzó un concurso para músicos con base digital. O sea que Personal redirigió el dinero que cobró de sus clientes para que viniera Sonic Youth, Movistar redirigió el dinero que cobró de sus clientes para que volviera Illya Kuryaki & the Valderramas; y Claro, en asociación con la productora Time4Fun, la plataforma FictionCity.net y Samsung, redirigió el dinero que cobró de sus clientes para que los ganadores del concurso toquen en los escenarios más grandes del país.

Macanudo. Pero yo, lo único que sé, es que tengo acceso a internet por módem USB de Movistar y que, día por medio, no llego a la información, incluso cuando pago por la llave que son los proveedores de internet, porque algo funciona mal con el servicio. No me paso a Claro porque mi hermana mayor lo tiene, y le va igual. Tampoco me paso a Personal, porque ni siquiera me ofrece ese servicio. Igual, la culpa es de Telefónica, que no libera cupos para líneas digitales en bastas zonas del conurbano por considerarlas “zona roja”. O la culpa es de todos.

En medio de esa sopa, resulta que vienen El Muro histórico que se desploma para delirio de los cinco corralitos diferenciales de los shows de Roger Waters, los Metallica pillando sangre por la acción de cada descarga ilegal sobre su vejiga y una ley nacional (posible) de la música que deja alevosamente abierta la puerta para “gravámenes específicos que a los fines de ésta pudieran crearse en el futuro”, por caso un canon digital que parte del presupuesto –contrario incluso a la lógica histórica del derecho romano– de culpabilidad de mi madre, que tiene 61 años y se compró un radiograbador con puerto USB para escuchar a Estela Raval, Sandro y Chayanne. Una ley que pone el foco en las cuestiones de la autoría, los derechos propietarios y los límites reproductivos.

No importa: la revolución tampoco será discutida en el Congreso en formato de Ley.

* @saulzip

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