Thursday 22nd June 2017,

Mauricio Macri habría sido vendido como una lata de Coca Cola

Hay cosas que suenan increíbles: gente contenta porque le aumentan la luz un 350% –basta ver la sábana de alegres comentarios que se despliegan bajo la nota de La Nación donde se anuncia la medida– o escuchar, como yo escuché, a un médico del Hospital Durán quejarse durante la campaña de que su propio sueldo estaba demasiado alto y había que bajarlo. Apoyar al macrismo (un modelo blanco, exitista y empresarial) yendo en contra de los propios intereses es la continuidad lógica de esta política que, desde que es gobierno, toma decisiones contra los intereses de todo un país, llámese Megacanje, apertura sin control de las importaciones, etc. Igual que a la hora de votar, de lo que se sigue tratando es de agachar la cabeza en cadena internacional: el pueblo ante Macri y el empresariado, Macri ante Magnetto y el FMI. Lo que se eligió el 22 de noviembre fue la vuelta de un verticalismo chupamedias y acentuadísimo, la restitución de un poder patriarcal que, como Dios, prometió cubrirnos con su gran manto protector (y lleno de agujeros, por supuesto). El gran falo ordenador volvió a escena, con disfraz de cordero o rey de globos, después de que durante estos últimos doce años tanto empoderamiento de lo femenino, lo abyecto y lo marginal fuera vivido por las corporaciones y los sectores más conservadores como una subversión de la pirámide social. Los grupos que encarnaron el desorden –organizaciones sociales, sexuales, ecologistas, de género o de derechos humanos–atentaron, por la propia naturaleza de sus intereses, contra un poder profundo y concentrado que por primera vez en décadas se sintió en riesgo. Y tanto se sintió en riesgo que puso toda su artillería al servicio de conquistar un voto imposible: el ofrendado a un millonario que se erigió como único símbolo de una oposición destituyente, muchacho sin demasiadas luces, sin carisma ni discurso, pero que tiene ojos celestes y baila (no muy bien) cumbias populares como mis primos en la fiesta de quince de mi sobrina. La campaña estuvo llena de escenas publicitarias, se podría decir que no hubo otra cosa. Pero esto no debería sorprendernos. Como consumidorxs que somos, sabemos que gran parte de todo lo que compramos no nos sirve para nada y que mucho de eso va en contra de nuestra propia supervivencia. Lo elegimos. O al menos eso parece. Si te venden Coca cola o Marlboro, ¿porqué no te iban a vender a Mauricio Macri? ¿Si te alimenta McDonalds, por qué no ponerle entonces tu voto a una política que te promete placeres y alegrías inmediatas de esas que, para colmo, nunca llegan? Gastar tu dinero en consumos chatarra es clave para entender qué utilización hacés de tu energía vital. Las políticas chatarra hacen que a la larga la chatarra se convierta en una forma de subsistencia, como pasó en el 2001.  Pero es a este grado de pauperización al que no deberíamos llegar, ni siquiera si con él se terminara de comprobar hasta dónde nos lleva el neoliberalismo. Seguiríamos sujetos a los avatares políticos del poder, debilitados en nuestra cohesión popular, si permaneciéramos como testigos pasivos del desmoronamiento. Es al contrario: se trata de ejercitar nuestra fuerza.

Durante los últimos años, la ampliación de conciencia sobre los temas ecológicos generó un importante movimiento en la sociedad a nivel alimenticio, de reciclado de basura, de preservación del ambiente, que no está desvinculado en absoluto de las políticas económicas, sino que es el pilar de un orden alternativo, presente y futuro. El empobrecimiento moderno de la calidad de vida marcado por el ritmo de los grandes productores y las cadenas de supermercados vendedores de carne podrida, es  también una estratégica bélica: un pueblo que come mal, vive mal y piensa mal, se encuentra debilitado, tanto física como psicológicamente, para resistir y luchar por los propios intereses (¿te suena?). En este sentido, el crecimiento de un sistema paralelo de consumo, ecológico, no chatarra y de productos nacionales es, desde mi punto de vista, la salida que nos queda para contrarrestar el avasallamiento: cadenas de compradores, productores y vendedores que desafíen las imposiciones del mercado a través de la elección de productos argentinos y de la adquisición de alimentos, ropa, tecnología y bienes culturales en ferias, huertas, comercios pequeños, etc. En otras palabras, hacer consciente nuestro poder de consumidorxs, que es el verdadero poder: sin nosotrxs ellxs no son nada. Es ardua la lucha y es mucha, claro, porque primero hay que pelear contra una creencia colectiva muy arraigada: nuestra “dependencia”  como sociedad a la hora de satisfacer las necesidades que ellxs mismxs nos crean. Pero esto es obra de maniobras publicitarias por las cuales, como dice Liliana Felipe, los parásitos tienen la extraordinaria habilidad de hacernos sentir que los necesitamos.

esta nota fue publicada el 30 de enero de 2016 en Esferacomun.com.ar

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