Lo que no tiene vuelta de la política del miedo es volvernos más malditos

Por Luciana Peker

Llevo una adolescencia de escaparme para frenar la violencia y elegir La Perla por sobre París para callar los gritos y los golpes. Me salvaron mis abuelos, mi tía, mis amigos, el baile y el tejido. Llevo una adolescencia de madre y una adolescencia de huérfana. Sé lo que es enterrar y dar vida al mismo tiempo. Sé lo que es despedirse sin más que el aroma a melón y el adiós después de la violencia. Sé lo que es abrazar a tu hijo recién nacido entre cacerolas y lecops. Sé lo que es adorar acunar y amar escribir. Sé lo que es hacer radio con un bebé recién nacido y hacer notas hasta marearte. Sé lo que es, hace una década, la maternidad singular, a veces es ser madre sola, a veces es todavía más complicado pero siempre es sentir sobre tus hombros el peso de lo que más amas. El premio es infinito. Mis hijos son, de corazón, el mayor logro de mi vida. Ya los dos pisan los talones o transitan la adolescencia. Y no hay nada que me importe más que su adolescencia sea hermosa y disfruten del amor seguro que para mí siempre fue tsunami. Yo seguí escribiendo y haciendo radio con más pasión que nunca. Me salvaron el trabajo, mis hermanas, mis amigos. Ahora, más allá de lo que pase o deje de pasar, más allá de la realidad, está el espanto. El miedo que se abre como un abismo sobre los pies que tienen solo la espalda. Sé que la sensibilidad es un don que cuesta caro y que a pesar de la autonomía femenina que intentó para no depender de naides no se sale sola. No se sale sola de ninguna violencia. Y no se sale sola cuando se está sola. Muchas veces me dijeron que silencié los temblores. Pero temblé muchas veces. Y a veces me equivoqué en busca de abrazos que cobijen con fuerza los temblores de las noches con llamados de fascistas o abusadores. La sensibilidad no es joda. También pude sola cuando el trabajo se pudo extender y la autosuficiencia al menos dependía de mi voluntad y no de un contexto emperrado en desamparar a muchos pero deglutir a las más débiles, a veces, por faltas concretas y a veces porque en un solo cuerpo callado no entra tanto miedo. O entran todas las maneras modernas de callarlo. Lo que no tiene vuelta de la política del miedo es volvernos más malditos, indiferentes, jodiditos. No se puede todo todo el tiempo, nadie puede tanto y ojala nos podamos cuidar, de a poquito, entre muchos, sin exigencias, ni reproches, ni demandas desmedidas. Pero a veces con comprensión, abrazo, fiesta, música, silencio, a veces alcanza o empuja. El miedo se destierra si no hay que esconderse para re-aprender -sin más soledad agregada- a ser valientes.

esta nota fue publicada el 2 de febrero de 2016 en Esferacomun.com.ar

Deja un comentario

*