Las Vidas Negras Importan

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca despertó grandes esperanzas entre los afroamericanos, sin embargo con el correr del gobierno del primer presidente negro de USA las decepciones se sucedieron junto a los crímenes raciales llevados adelante por o con la complicidad de fuerzas de seguridad. El texto que sigue, parte de la introducción del libro Nuevo activismo negro compilado por Ezequiel Gatto, plantea el contexto en el que emergieron colectivos activistas estadounidenses actuales, que decidieron ocupar la escena pública y las redes sociales para denunciar la continuidad de la segregación racial y la represión como políticas de Estado. Cómo surgió el movimiento Black Lives Matter.

Por Ezequiel Gatto

En 2012, Trayvon Martin, un joven negro de diecisiete años, fue asesinado de un balazo en un barrio cerrado de Sanford, Florida, por George Zimmerman, descendiente de mexicanos y anglosajones que estaba cumpliendo tareas de patrulla vecinal. En un primer momento, Zimmerman ni siquiera fue detenido. Como pocas veces en los últimos tiempos el nervio racial se tensó en todo el país. El petitorio online para exigir la investigación recolectó más de un millón de firmas en un par de horas, agitando una capacidad social de presión que acabó siendo decisiva para que el caso fuera llevado ante el poder judicial del estado de Florida. Pero las esperanzas de justicia fueron barridas de plano: el jurado absolvió al homicida, quien alegó actuar en defensa propia.

Entonces el país se llenó de marchas, manifestaciones, escritos, pronunciamientos, intervenciones artísticas. Sectores de la población negra y un sinnúmeros de organizaciones, movimientos y colectivos se movilizaron, instalando el problema del racismo en un nivel de visibilidad y debate público inesperado, abriendo una compuerta de energías sociales y militantes que llevaron a millones a volver a tomarle el pulso a la condición negra en Estados Unidos. El asesinato de Trayvon Martin, y la impunidad expresada a través de ella, caldearon tanto el ambiente racial que Brack Obama tuvo que dar lo que muchos consideraron su primer discurso negro. Dato no menor para un presidente que ha cuidado el flanco racial, temeroso de los golpes que puedan venir de allí. A los sectores políticos afroamericanos más críticos de Obama el gesto les supo a oportunismo. Cornel West, uno de los intelectuales negros más reconocido e influyente, fue al hueso: “Obama habló de temas raciales y de negros por primera vez en cinco años. Está claro que no es una de sus prioridades”. El festejo del advenimiento de una sociedad posracial, un discurso que había marcado los primeros años del gobierno de Obama, se desplomó ante la evidencia de situaciones violencia de cuño racista. Se abrió, así, un nuevo escenario que combinó sensaciones de decepción y frustración respecto al gobierno de Obama con un nuevo horizonte de discursos y organización política.

Tiempo después, otras dos muertes volvieron a agitar el barco de las relaciones raciales. El 17 de julio del 2014, un grupo de policías de New York detuvo a Eric Garner, lo tiró al piso y uno de ellos le aplicó una maniobra de ahorque. Tres veces gritó Eric Garner que no podía respirar. Pero Daniel Pantaleo, el policía, no lo soltó y, ante una cámara de teléfono, mató por asfixia a Garner.

El shock social fue enorme. Pocos días después, Ferguson, un ignoto suburbio pegado a la ciudad de St. Louis, Missouri, adquirió una fama repentina cuando un policía -blanco- baleó a Mike Brown, un joven negro, directamente en la cara, en el medio de la calle y a plena luz del día. Como en el caso de Garner, el hecho fue filmado por personas que pasaban por el lugar. Como tantos otros, el asesino uniformado recurrió a la excusa de la autodefensa.

Inmediatamente, la atención nacional y mundial se situó sobre ese pueblo, que tiene un 90% de policías blancos y un 65% de población negra. Entonces, la célula activista que dormía con un ojo abierto, abrió el otro y se puso a caminar. Hubo estallidos y enfrentamientos con una policía armada como un ejército y dispuesta a reprimir.
En esas noches de conflictos nació la consigna “Don’t shoot”, mientras se esperaba la resolución de un Grand Jury respecto a aplicar cargos o no a Darren Wilson, el policía asesino.

Entonces, en una de las provocaciones racistas más obscenas de las últimas décadas, fue denegado su enjuiciamiento. El Gran Jury dijo no y ardió la Troya negra. Dijo no y sancionó el fin de una vía institucional y democrática para el procesamiento del racismo.
Dijo no y bajó la pesada persiana quincuagenaria del Movimiento por los Derechos Civiles. No fue todo. Otros cachetazos racistas se sucedieron, como ráfaga: pocos días después del no a Wilson, otro Gran Jury tiró nafta al fuego decidiendo que tampoco Pantaleo, el asesino de Eric Garner, sería juzgado, mientras un policía en Cleveland, Ohio, mataba a Tamir Rice, un nene negro de doce años que estaba jugando con una pistola de juguete en la playa de estacionamiento de un shopping. Entonces, los movimientos y las corrientes de opinión que venían configurándose desde Trayvon Martin pasaron de pantalla: ante los portazos judiciales y la tibieza reeditada de Obama, que boicoteaban las pocas posibilidades de resolución de las tensiones raciales por los canales institucionales
de la democracia estadounidense, centenas de miles de personas salieron a marchar por ciudades de todo el país, no siempre de modo pacífico.

“Este no es un momento cualquiera. Esto es historia”, decía un cartel en una marcha en New York que tuvo lugar hacia fines del 2014. En esa afirmación se expresaba un cambio: luego de más de dos décadas durante las cuales la política negra pasó por carriles institucionales y electorales y por discursos predominantemente inclinados a desactivar conflictos, es posible observar la estructuración de un nuevo activismo negro que, compuesto por una multiplicidad de organizaciones, colectivos, personalidades y movimientos, aborda y ataca el racismo valiéndose de recursos políticos acumulados pero también de innovaciones prácticas y discursivas notables. Una nueva generación de activistas se está articulando en organizaciones recién nacidas (como Black Lives Matter, Dream Defenders, Black Youth Proyect, National Action Network y Million Hoodies Movement for Justice) o antiguas pero con nuevos rasgos (Ohio Student Association, algunos sectores combativos de NAACP). En ellas resaltan tópicos ya consolidados,
como la violencia racial, el encarcelamiento masivo, el deterioro habitacional y la desigualdad en el mercado de trabajo, y aspectos que indican nuevas preocupaciones y nuevos caminos: la propiedad comunal de las tierras, las identidades de género y sexuales, un nuevo énfasis en las reparaciones que el gobierno debería asumir como modo de sanar las heridas, todavía abiertas, que produjeron la esclavitud y la segregación.

Tanto sus movimientos territoriales, la notable y heterogénea red de periodismo y activismo digital, como los colectivos artistas, abogados o educadores, los nuevos movimientos negros se enfrentan a la necesidad de pensar, darse nuevas tácticas y estrategias políticas, repensar el recurso a la violencia, imaginar nuevos futuros. Sus genealogías, sus definiciones y sus problemáticas son la columna vertebral del libro Nuevo Activismo Negro. He considerado productivo organizar las cambiantes modalidades de la dominación racial y sus resistencias en Estados Unidos desde los tiempos de la esclavitud. La intención es que sirva como una vía de ingreso a la conversación política actual, que es el núcleo de los textos que componen el libro, para comprender cómo ésta última recupera ciertos aspectos pasados, plantea nuevas preguntas sobre la historia y rechaza y cuestiona ciertos lugares comunes, ya sea de las narrativas racistas como de las propias resistencias.

Nuevo Activismo Negro. Lecturas y estrategias contra el racismo en Estados Unidos. AAVV. 2016 Tinta Limón Ediciones.
Ezequiel Gatto es activista y escritor. Integra el Club de Investigaciones Urbanas y el Grupo de investigación de futuridades. Es doctor en Ciencias Sociales (UBA), licenciado en Historia (UNR), profesor de Teoría Sociológica en la carrera de Historia (UNR) y becario posdoctoral (ISHIR/CONICET). Investiga en torno a las imbricaciones de producciones culturales, movimientos sociales, subjetividades y política.