El Indoamericano por Alejandra Fenochio, los nuevos campos de batalla o un Cándido López del siglo XXI

texto: José Luis Meirás

Alejandra Fenochio pinta, siempre. En la intimidad de su taller puede repetir en innumerables bastidorcitos la misma imagen de un árbol y el trozo de cielo cambiante que se ve a través de alguna ventana.  Las orejas de todos sus amigos, que se cuentan por decenas de pares, pueden ser el tema de una de sus infinitas series. Cuando sale de su refugio ribereño puede ir a recorrer los rincones de los jardines de la ESMA y sentarse en loto con sus pomos y pinceles para retratar un yuyo creciendo entre el macadam del antiguo campo de concentración, o puede pintar un mural en un colegio o en una esquina donde se recuerda a una delegada gremial, a veces se halla sorprendida en la situación, desdeñosa de su propia actitud activista, no se anima a considerar como un gesto político aquel impulso que sale de la mayor intimidad. Alejandra no busca gestos de compromiso, más bien hace lo que le sale, cuando le sale, y cuando siente que tiene que salir.

Hace tres años la tele la capturó con las crudas escenas de una guerra urbana por el territorio y la vivienda, decide cruzar el sur porteño con el propósito de retratar lo que sucedía, no puedo dejar de ver el resultado de esa excursión pictórica en sintonía con los campos de batalla de Cándido López en la guerra del Paraguay, un moderno campo de batalla en las nuevas guerras por el territorio. Esta crónica de Alejandra, hecha con la temperatura color del momento, circula desde hace tres años en las redes sociales, de muro en muro, junto a las palabras que relatan el momento

 

EL INDOAMERICANO
por Alejandra Fenochio

Cuando la toma del parque indoamericano, quede estampada contra la pantalla del televisor, sin compasíon. Decidí ir a pintar lo que pasaba. El predio estaba totalmente cercado por gendarmería. Llegué con mis pinturas al hombro, previo cruce suburbano por Lugano en el premetro.

No me dejaban acercar y tampoco entendían mucho. Básicamente me decían que necesitaba una credencial y … por qué en lugar de pintar no tomaba unas fotos. No tenia ni cámara. Finalmente después de atravesar la villa, hablar con varios gendarmes y vecin@s de la villa, tomar unos jugos peruanos rarísimos y recetar aloe vera a los gendarmes para las quemaduras solares, como vieron que no me iría me permitieron quedarme bajo un puente, al borde de la vía y la autopista, para que no me viese no se quien que no tenía que verme. De allí se veía la gran instalacíon. La sensacíon fue tan fuerte que casi no podía pintar. Quedó este cuadrito, infinitamente inferior a la experiencia de haber permanecido allí ese día.

 

 

 

Deja un comentario

*